Reencuentros Laura Ferrero

Judith Sierra

(Re)encuentros

Había vuelto a pisar mi tierra aquel mismo día. Me había repetido una y otra vez que ir a aquel lugar era la única solución. Solo hay un sitio donde el mundo desaparece para poder mirar hacia dentro, para conectar contigo. Todos tenemos el nuestro.

Llevaba meses sin conseguir escucharme, dudando del siguiente paso, dudando del camino ya recorrido y vislumbrando de forma difusa ese reflejo que se proyectaba en el espejo. ¿Quién era esa figura? ¿Acaso la conocía? ¿De qué estaba hecha? ¿Qué anhelos la despertaban a medianoche? ¿Qué miedos le hacían huir sin mirar atrás? ¿De qué se sentía orgullosa? ¿Se golpeaba el corazón o solo se quedaba inmóvil mientras le golpeaban a ella las dudas?

Recorrer la imagen del espejo de arriba abajo sin reconocerse es una de las formas más crueles que tiene la vida de gritarte que hay algo que no estás mirando y que necesitas sentir. Sentirte.

Viajar en tren siempre había sido una de las cosas que más me gustaban desde que era pequeña, incluso aunque al poco tiempo empezaran a dolerme las rodillas por el limitado espacio que quedaba libre entre mis piernas y el asiento delantero. Pequeñas desventajas de las personas altas, me repetía mi padre cuando me quejaba después de cada viaje.

Contemplar el paisaje de forma casi onírica, hipnotizante, era mi mayor distracción en las tres horas que pasaba allí metida cada vez que iba de visita a mi lugar. Siempre me preguntaba si la vida se vería desde fuera de la misma forma en la que los pasajeros contemplan el camino recorrido: con tranquilidad, despacio, sin prisa, aunque la velocidad a la que te mueves sea vertiginosa.

«Supongo que fue al verte el otro día cuando me di cuenta de que en la vida pasan muchos trenes y que coger el primero por impaciencia hace que lleguemos a las estaciones incorrectas. A las estaciones donde no te espera más que lo que no te esperabas de ti». Cerré el libro y apreté mi espalda contra el asiento, como si aquellas letras me hubieran recorrido con pequeños pellizcos, dolorosos y suaves al mismo tiempo. El mensaje que llega cuando lo necesitas para producirte una gran sacudida.

Por un momento, dudé. No sabía si aquello estaba escrito o había sido mi propia conciencia recordándome que debo confiar en los tiempos sin querer adelantar etapas ni decisiones, sin querer salir corriendo cuando algo no salía como yo esperaba, sin tener que coger todos los trenes que pasaran por delante. Tan solo confiar en que cuando me suba a uno de ellos será porque así debo hacerlo, porque es necesario. Anda, pero no corras.

Volví a abrir el libro. Misma página, mismo párrafo y allí estaba. Alguien se había encargado de escribir lo que necesitaba leer en ese preciso instante y esa persona había sido Laura Ferrero en Piscinas vacías. «Coger el primero por impaciencia hace que lleguemos a las estaciones incorrectas», retumbaba una y otra vez en mi cabeza mientras, apoyada en el frío cristal de la ventana, dejaba volar el pensamiento entre campos cada vez más verdes.

Hay muchos escritores, muchos relatos, muchos juegos del lenguaje, pero hay unos que saben escogerte por encima de otros, que saben dar con la tecla, con la combinación exacta de palabras y emociones para llegar donde necesitas que alguien llegue por ti. No era la primera vez que Laura Ferrero lo hacía conmigo.

Meses atrás paseaba por Madrid disfrutando de calles pequeñas, desconocidas, sin rumbo fijo, pero en la búsqueda de algo, cuando llegué a una pequeña librería que acababan de inaugurar. Uno de esos espacios donde puedes hojear libros, incluso sentarte a leer tranquilamente mientras tomas un café —o una copa de vino, según las necesidades de cada uno—. El caso es que entré sin saber muy bien la intención. Llevaba semanas sin poder leer una sola página, sin disfrutar de la lectura, sin poder concentrarme en ella y ni tan siquiera dejarme llevar.

Una mujer leía sentada en un pequeño sofá azul oscuro, con su brazo derecho apoyado en el reposabrazos, mientras el brazo izquierdo sostenía con buen pulso un libro; las piernas cruzadas; las gafas a medio camino entre los ojos y la punta de la nariz; y un ceño fruncido que la hacía parecer concentrada. Interrumpida por mi entrada, levantó la mirada sin mover ni un centímetro de su cuerpo y, como si se hubiera activado un resorte del asiento, se levantó para recibirme con una sonrisa ladeada.

— Hola, ¿qué tal? ¿puedo ayudarte? —me preguntó mientras se retiraba las gafas y posaba el libro en una pequeña mesita redonda que acompañaba al sofá. Cómo podría realmente ella ayudarme, pensé.

— No lo sé, no vengo por algo concreto. Venía paseando y me encontré con la librería. He entrado sin saber muy bien… Bueno, creo que sí puedes ayudarme. Quizás suene extraño, no sé si te lo preguntarán mucho, pero ¿podrías escoger un libro para mí?

— De extraño, nada. ¿En qué momento te encuentras? Quizás así pueda acertar con la recomendación.

La dichosa pregunta. ¿Cómo le explicas a alguien que no conoces de nada que no tienes ni idea del momento que estás viviendo? Le tendría que pedir que se volviera a sentar en el sofá del que se ha levantado tan ágilmente, que se acomodara en él porque lo que iba a contarle iba para largo, tendría que empezar por el principio. También podría mentirle y contarle que estoy donde en realidad no estoy, pero me encantaría estar, aunque así seguro que no acertaría con la recomendación.

— No lo sé —escueto, directo, sincero. Bien hecho.

— Ah, entonces, estás en ese momento. Déjame pensar…

— Sí, supongo que en ese y no en otro —temiendo haber sonado innecesariamente borde, esbocé una sonrisa a aquella librera que ya se encontraba buscando entre sus estanterías.

Se puso de puntillas para alcanzar uno de los libros de la estantería superior y lo miró con la determinación de quien sabe que ha tomado la decisión correcta. Mirada inconfundible. Me acercó el libro y leí el título: Qué vas a hacer con el resto de tu vida. Yo, que intentaba evitar todos los interrogantes por miedo a no saber encontrar las respuestas, me topé con la madre de todas las preguntas. ¿Acaso sabría alguien contestar a aquello? Pasé días pensando en el título antes de empezar el libro. A mí solo se me ocurría una respuesta: «Intentar vivirla».

Lo devoré con ansia en un solo día, viví aquella historia como si fuera la mía. Estuve por primera vez en Ibiza; cogí un avión a Nueva York intentando huir de aquello que no podía mirar de frente; sentí el desgarro de la pérdida que, aunque en cierto modo es esperada, jamás es aceptada; encontré en la literatura el recordatorio de mi «para qué», aunque aquello durara un instante; sentí cierto recelo por las islas y por esas obsesiones de los padres que pueden poner tu vida del revés; volví a Barcelona y, sobre todas las cosas, aprendí la importancia de ser honesto con uno mismo antes que con cualquier otro. Esa ardua tarea tan necesaria e inevitable. Gracias, Laura. Por eso, cuando decidí marcharme unas semanas, entré en la librería buscándola a ella, queriendo volver a encontrarme en sus relatos. Y ahí estaba de nuevo.

Compartir este post:

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on whatsapp

1 comentario en “(Re)encuentros”

  1. Muy bien escrito. Un poco dantesco, en un sentido preinfernal: «nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura (…)», lo que es bueno. Me siento identificado con ese «no saber», y he disfrutado bastante el texto. Hacía tiempo que no encontraba nada que me llenara, ni un poco, a la hora de leer. Tendré que darle una oportunidad a Laura Ferrero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *