Judith Sierra

«Si no fuera por las casas de acogida, habría muchas más mujeres en el cementerio».

El primer paso para salir de la violencia machista es denunciar; sin embargo, es solo el comienzo de un camino difícil por el que deben atravesar tanto las víctimas como quienes las acompañan. Un recorrido del que apenas se habla, desconocido para la mayoría. Mostrarlo, a través de experiencias como la de esta mujer, ayuda a desvelar una realidad extremadamente compleja que, como sociedad, debemos enfrentar.

En ningún momento de la entrevista aparecerá el nombre de esta mujer, víctima de violencia machista, por protección y petición personal.

¿Cómo le conociste?

Nos conocimos a través de una amistad. Yo tengo raíces españolas y vine desde mi país —un país latinoamericano— con 27 años a España. Todo era fenomenal, todo me lo pintó maravillosamente bien, como que era un gran ser humano. Yo le creí ingenuamente.  

¿Qué cosas viste que te hicieron darte cuenta de que era distinto a como tú creías?

Empecé a ver en el primer año ciertas cosas que no me gustaban como mucho control sobre mí. Es verdad que yo era muy joven comparado con él —yo tenía 27 años y él casi 50— pero, de todas maneras, yo nunca le di motivos. En mis relaciones sociales soy muy abierta, una persona muy extrovertida. No sé si eso despertaría en él cierta alarma.

Las únicas amistades que conocía eran las del círculo de él y, claro, no era tampoco un círculo muy grande. Entonces, como yo era nueva aquí, no conocía este país —de hecho, el primer año que llegué aquí no paré de llorar porque extrañaba mucho a los míos—, todo era nuevo, no montaba ni en metro.

¿Cómo siguió tu relación con él?

Pues, al año, me quedé embarazada de gemelos. Si ya estaba asustada antes, cuando me quedé embarazada me asusté mucho más porque decía: «Madre mía, me toca parir aquí, no tengo familia, no tengo nada». Le pedí ir a mi país a pasar con mi familia los meses de embarazo. De muy mala gana, con muchas peleas, me dejó ir y fui.

Allí, después de unos meses, perdí a mis gemelos porque uno se quedó pequeñito y otro no se desarrolló correctamente. Fue un batacazo fuerte. Se le comentó a él que había perdido a los niños y no se le ocurrió otra cosa que, además de las broncas por teléfono, decirme que si yo me había metido una percha y me los había sacado. Cuando regresé, me hizo la vida imposible. Yo ya conocía su proyección negativa, pero a partir de ahí comenzó de verdad.

¿Cómo comenzó a comportarse cuando volviste?

Después de eso, nació mi niña y, cuando nació, tuvimos broncas muy fuertes. Una vez estábamos discutiendo, me cogió por el pelo —teniendo yo a mi niña de dos meses en brazos— y me llevó la cabeza hasta el suelo. En ese momento, por instinto de protección, pensaba: «Bueno, a mí que me tire por el suelo, pero a mi niña que no le pase nada». Ese mismo día, yo dejé a la niña en la cuna y me cogió por los brazos, llenándomelos de moretones por la presión que ejercía sobre ellos. Yo me defendía, pero no llegaba a su fuerza. Ahí podía haber ido a denunciar, pero como estaba en un pueblo y no sabía ni dónde ir ni qué hacer…

En ese momento, por instinto de protección, pensaba: «Bueno, a mí que me tire por el suelo, pero a mi niña que no le pase nada».

Fue en el 2002 y había muy poca información sobre violencia de género. Yo no sabía que había recursos, ni siquiera para denunciar. No sabía ni dónde quedaba la comisaría, yo siempre estaba encerrada en casa. Después me pidió disculpas, pero yo siempre me quedé con ese dolor dentro y decía: «Esto no tiene solución, esto va peor cada día, no hay quien lo aguante», pero siempre lo que te preguntas es: «¿A dónde voy?». Encima, él siempre me amenazaba porque decía que me acordara de que yo era inmigrante y que con una niña a dónde iba a ir. Claro, le dices eso a una persona que no sabe ni coger un autobús….

¿Recuerdas el momento que te llevó a tomar la decisión de denunciar?

Sí. Un día discutimos porque me enteré de que cuando me fui a mi país tenía a su expareja, con la que tenía una hija, haciéndole todo en casa, porque a él había que hacerle todo. Para mí eso fue una bomba y me quedé con esa rabia. Él me invitó a ir con él a una de las ferias donde iba a vender piezas antiguas y yo le dije que no. Eso a él le chocó muchísimo, esa fue la pelea grande.

Todo esto pasó en un piso que él tenía en Madrid que era de su madre. Le dije que la única forma era que me llevara a rastras o que me matara. Que, si me llevaba a rastras, lo vería todo el mundo; y que, si me mataba, sería su problema. Yo ya estaba cansada, me daba igual todo. Empezamos a discutir, me pegó, me cogió por el cuello y me tiró contra la cama de la habitación. Su expareja, que estaba allí, salió corriendo y ni me defendió. La hija que tenía con esa mujer —que tenía nueve años— se metió en medio, le sujetó. Entonces, él se marchó. Ahí fue cuando llamé a la única amiga que había conseguido hacer aquí y me dijo que cogiera todas mis cosas y me fuera con ella.

¿Y fuiste a denunciarle?

Sí. Mi amiga tenía un amigo comisario y le explicó todo lo que podía hacer: poner rápido la denuncia antes de que volviera él de la feria —porque, si no, me podía denunciar él a mí por abandono de familia—. Si se adelantaba, podía salir airoso de la denuncia por maltrato. Ahí fue cuando por primera vez vi que existían unas redes como las casas de acogida, que había recursos. Saqué a mi hija corriendo del colegio y nos fuimos primero a un centro de emergencia. No se me olvida nunca cómo era ese sitio en Parque Avenida, muy buena zona y muy discreta.

¿Cómo es un centro de emergencia?

Pues aquel era un piso grande con seis habitaciones, cada una estaba ocupada por una historia diferente. Tienes que llegar, acomodarte; tienes un programa de cómo tienes que hacer las cosas; tienes unas normas; tienes que organizarte; y, además de eso, tienes tu situación, cuándo te toca juicio —que los trabajadores sociales te acompañan y, si no, pues lo hace la policía—. También tienes que escolarizar a tu niña, la mía tenía tres añitos.

¿Cuánto tiempo pasaste allí antes de ir a una casa de acogida?

Allí solo podías estar unos tres meses antes de ir a la casa de acogida. Conmigo pasó una cosa: estaban las casas de acogida a tope y a los tres meses no me trasladaron, estuve allí como seis meses. A mí me fue muy bien, fui la que más tiempo estuve. Todas mis compañeras se fueron y vinieron otras nuevas.

A los seis meses, la directora me dijo que ya habían conseguido una casa de acogida para mí. Era en Vallecas, dos áticos unidos, y eso pertenecía a la Dirección General de la Mujer (DGM), de ahí viene mi relación con ellos. Aquí podía estar hasta dos años, aunque depende de cada situación.

¿Cómo era convivir con otras mujeres que habían pasado por una situación parecida a la tuya?

Para mí la convivencia fue buena con todas. Eso sí, hay casos y casos, todo el mundo no es igual ni todo el mundo reacciona igual al dolor ni a las situaciones límite. Yo vi compañeras muy mal, estaban psicológicamente destruidas, las mirabas y decías: «Yo no quiero terminar así». Muchas veces te daban ganas de llorar en un rincón, pero no me podía dar ese lujo porque yo se lo transmitía a mi niña —de hecho, mi hija hoy tiene 16 años y todavía recuerda la época de la casa de acogida—.

Yo vi compañeras muy mal, estaban psicológicamente destruidas, las mirabas y decías: «Yo no quiero terminar así».

Recuerdo que algunas se quejaban porque decían que estaban muy encima, que les machacaban y yo les decía que quien les machacaba era él, el enemigo era él. Era normal que los trabajadores sociales estuvieran encima para ver cuánto ibas ahorrando o cómo te organizabas, porque de eso dependía que luego en la calle te fuera bien. Yo nunca tuve problemas, pero sí presencié situaciones duras entre compañeras. Muchas veces en las discusiones escuchabas a una decir: «Es que él me decía eso que tú dices». Ahí mismo te dabas cuenta de que estaban tan tocadas que lo veían a él hasta en la sopa. Yo lo tenía claro, no salí de él, que me tenía amordazada, para meterme en un mundo donde me iban a amordazar por estar rodeada de mujeres que estaban tocadas. Yo también tenía mi historia, pero los demás no tenían la culpa.

Recuerdo que algunas se quejaban porque decían que estaban muy encima, que les machacaban y yo les decía que quien les machacaba era él, el enemigo era él.

 ¿Qué supuso, en tu caso, dar el paso?

Yo con este paso llevaba muchas consecuencias, porque no era solo abandonar tu casa, es que yo al dar el paso de denunciarlo, pedí el divorcio. Eso acarreaba que, como eras inmigrante, automáticamente pasabas a ser ilegal. Yo asumí las consecuencias, no me importaba, preferí estar sin papeles a estar con ese animal. Recuerdo que durante años llevaba la fotocopia de la residencia caducada, era una forma de sentirme segura, era como decir: «Un día fui legal en este país».

La misma amiga que me ayudó a dar el paso de denunciar me contrató como cuidadora en su casa, de limpieza. Gracias a eso pude tener otra vez los papeles, tras dos años sin ellos. Si no hubiera sido por los recursos, yo no hubiera podido aguantar el proceso tan largo que tuve. ¿Dónde hubiera estado dos años sin papeles si no hubiera sido por la casa de acogida? Fueron casi seis años de mi vida. En 2013 me dieron la nacionalidad española estando en paro. Yo por eso siempre digo que la vida son unos ratitos arriba y otros abajo.

¿Seguíais un tratamiento psicológico en la casa de acogida?

Sí, había una psicóloga para todas nosotras. Tratan de verte todo lo que puedan. Había compañeras que era prácticamente a diario porque estaban hechas polvo. Vi compañeras mías con graves traumas que llegaban a desmayarse mientras hablaban contigo. Después te enterabas de que, como consecuencia de todo el estrés de las amenazas y los golpes, pues quedan tocadas. Esas son las secuelas desgraciadamente.

¿Tu familia conocía que estabas en la casa de acogida y todo lo que había sucedido para que estuvieras allí?

Sí. Yo no se lo conté porque no me atrevía a contárselo, soy una persona muy independiente y no me gusta para nada que mi familia sufra las consecuencias de mis actos, jamás. A la amiga que me ayudó se le fue la lengua; entonces, claro, mi familia se enteró de que estaba en casa de acogida, pero también me ayudaron en el aspecto de que me dijeron: «Pues hiciste bien».

Les dolió porque ellos le conocieron y se pensaron que era buena persona. Como decía mi madre: «Yo pensaba que mi hija estaba compartiendo su vida con alguien que valía la pena, no con un saco de basura». Y eso para mi madre fue… Somos cinco hermanos, pero para mi madre yo soy su niña linda. Eso era lo que yo quería evitarle: el dolor.

Como decía mi madre: «Yo pensaba que mi hija estaba compartiendo su vida con alguien que valía la pena, no con un saco de basura».

¿Y cómo fue el proceso judicial?

Pues, después de la denuncia, me explicaron todo lo de las casas de acogida, que allí me llegarían las citaciones, y me pusieron un abogado de oficio. La mayoría de las mujeres tienen un abogado de oficio porque son mujeres que se han quedado sin nada. Primero pusieron la orden de alejamiento, luego él la recurrió y me la quitaron. No todas las mujeres que están en casa de acogida tienen orden de alejamiento. En mi caso, había un solo testigo, que era su hija de nueve años que había presenciado aquella agresión. Él la supo manejar y testificó a su favor.

Para que tú veas cómo es la vida, seguí en la casa de acogida —porque ellos sabían toda mi situación— y me encontré en uno de los juicios con una jueza que era de estas personas un poco discriminatorias y que no era especializada. A mí nadie en este país me ha tratado discriminatoriamente hasta que me tocó ella, una representante de la Ley. Me hizo sentir como un trapo. Ella decía que, como no tenía la orden de alejamiento en vigor, para qué estaba en casa de acogida. Las casas de acogida pueden proteger a cualquier mujer que esté en peligro, aunque la Ley no la proteja. Si no fuera por las casas de acogida —y por todos los involucrados con las mujeres víctimas de violencia de género—, habría muchas más mujeres en el cementerio. Sus palabras fueron: «Porque esto lo pagamos todos los españoles». Era de esta gente que abusa del poder.

¿Ese sentimiento se sumó a lo que tú ya estabas atravesando?

Sí, me hizo sentir lo más chiquitito del mundo y lo más mierda del mundo. Yo salí de allí destruida. Hice una carta para desahogarme y las primeras líneas no se me olvidan: «En un Estado de Derecho hay que respetar el derecho no solo de los supuestos culpables, sino de las víctimas, y jamás en la vida se puede hacer sentir a una víctima como si fuera una culpable. Solo dos personas me han hecho sentir así: esta señora y el padre de mi hija». Envié esta carta como queja al Consejo General del Poder Judicial. No recibí respuesta, pero tuve otro juicio por lo civil por las pensiones de alimentos que me debía de mi hija. La jueza de ese día fue ella, pero lo único que hizo fue enfocarse en él, a mí no me dijo nada.

¿Él veía a tu hija mientras estabas en la casa de acogida?

Sí. Yo tenía que cumplir con él un régimen de visitas con mi hija, pero hubo un fallo administrativo por el que no me pusieron punto de encuentro para que la viera y él me denunció porque pensaba que no la mandaba porque no me daba la gana. Yo no estaba dispuesta a quedar con él en una esquina al lado de la casa de acogida para que viera a mi hija porque suponía poner en riesgo al resto de compañeras y porque yo no quería ni verle la cara.

Para que veas cómo es la vida, en el verano de 2015 me llaman del centro de salud un fin de semana de julio, cuando estaba mi hija con su padre. Ella tenía doce años. Fui a verme con una pediatra y el trabajador social que me había llamado. En eso, entra mi hija por la puerta acompañada de la otra hija de él, a la que yo no veía desde hace años. Me miró a la cara y me dijo: «Mi padre ha abusado de mí». Todo lo que yo quise evitar en su día, que le pudiera hacer daño a mi hija, mi hija había pasado a ser dañada. La hija de él me dijo que había pasado por lo mismo. Le reproché que no me hubiera contado nada, porque yo no sabía que era un abusador, pero a la misma vez le estaba agradecida porque gracias a ella mi hija se abrió y lo contó. Estuvo abusando de mi hija desde los seis hasta los diez años y medio.

Me miró a la cara y me dijo: «Mi padre ha abusado de mí». Todo lo que yo quise evitar en su día, que le pudiera hacer daño a mi hija, mi hija había pasado a ser dañada.

¿Qué decidiste hacer al enterarte de esto?

A partir de ahí se echó a andar la maquinaria. Tuve que poner la denuncia como madre y llevar a mi hija a una comisaría para que pusiera la de ella. Pedí la suspensión del régimen de visitas para que nunca más fuera con él y el 31 de diciembre de 2015 me dijeron que quedaban suspendidas las visitas. Fue el mejor Año Nuevo de mi vida.

El procedimiento penal para condenarlo a él ha caído en manos de un juez que archivó el caso con dos víctimas: mi hija y yo. Se ha pasado por el forro a todo el mundo. Decía que los tiempos usados por la policía no habían sido correctos, o sea que había habido malos pasos desde el principio del procedimiento desde aquí, desde Madrid, y que él no podía hacer nada. Claro, eso es un cuento. El juez ni siquiera había llamado a declarar al tipo. ¿Por los malos procedimientos quiénes pagan? Las víctimas.

¿Tu hija comenzó a ser tratada psicológicamente por los abusos que tuvo en la infancia?

Sí. Esto ha conllevado que mi hija ha sido tratada en el Centro especializado de Intervención en Abuso Sexual Infantil (CIASI) y, por otro lado, en psiquiatría del Niño Jesús porque tuvo un trastorno de alimentación. Si tú miras su denuncia, hay un párrafo que dice que después de que él abusara de ella, le brindaba con un plato de comida. Mi hija come con asco desde pequeña. De hecho, el psicólogo del CIASI me dijo que no iba a poder tratarla hasta que cogiera peso porque ellos trabajan con las emociones y las emociones hacen que las personas bajen de peso. Subir de peso le costó 40 días ingresada en psiquiatría del Niño Jesús.

Años después lograste rehacer tu vida y volviste a ser madre. ¿Cómo fue esa nueva etapa?

Pues con la pequeña se presentó una situación que no esperaba. Yo pensaba que había nacido sana, pero a lo largo de los años le salió una hipotonía severa y, producto de eso, está en una silla de ruedas. Mira lo que es la vida, todo lo que yo pasé y quién me iba a decir a mí que iba a tener a mis dos otras hijas y que una me iba a venir con una situación de discapacidad grave. Para mi ese fue el bombazo más grande de mi vida.

¿Qué pasa? Que cuando tienes hijos con esta situación tienes que comprarle aparatos de unos 3.000 euros más otros gastos y ya te quedas estancada, ¿cómo vas a trabajar y pagar alquiler de 700 euros y todos esos gastos?. Porque yo salí de la casa de acogida con lo puesto. A todas mis compañeras le dieron casa del Instituto de la Vivienda de Madrid (IVIMA), pero, cuando yo me iba a ir, no había casa a mi disposición. En ese momento, me busqué un alquiler; entonces, como yo tenía mi expediente en el IVIMA que lo iba renovando todos los años, tuve que pedir ayuda. Como víctima de violencia de género no pude tener mi casa, pero cuando nació mi hija no tuve otra opción. Tuve que enseñar la dependencia de grado 3 que tiene mi hija.

¿Cómo dirías que es tu vida ahora?

Dentro de lo que cabe, yo diría que está mucho mejor de lo que era antes. Pero, sobre todo, lo único malo que me ha tocado es eso, que mi niña pequeña está malita y tengo que luchar por sacarla adelante. Tiene tratamientos fuertes porque le dan crisis epilépticas, pero es una niña tan buena. No habla, pero es muy de gestos, en la cara ves todos sus estados de ánimo, es muy expresiva.

Después de todo lo que has vivido ¿qué le dirías a cualquier mujer?

Pues, como le digo a mis hijas, que el día que encuentren una persona que, primero que todo, las quiera; y, segundo, las respete, que el querer vaya de la mano del respeto.  De nada vale decir que te quiero y te amo si te falto al respeto. Eso no es querer ni es amar. Que las dos cosas vayan unidas, no por separado.

Porque yo no puedo creer a esa gente que dice: «Yo quiero a mi mujer» y la privo de la libertad que todo ser humano debe tener. Eso no es querer, eso es egoísmo, y nunca se puede confundir el querer con el egoísmo, que fue lo que me pasó a mí. Pensaba que esa persona me quería cuando sencillamente se estaba apoderando de mi vida y estaba poseyéndome a mí como si fuera de su propiedad. Y, como les digo a mis hijas, sé alguien en la vida para que no dependas de ningún hombre, nunca, sé independiente en todos los sentidos —emocional, material y económicamente— de cualquier ser humano.

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2 comentarios en “«Si no fuera por las casas de acogida, habría muchas más mujeres en el cementerio».”

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